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lunes, 29 de julio de 2013

Girasoles para el joven pintor



Al amanecer del 27 de julio de 1890, el joven pintor de 37 años, arrastró su caballete, sus pinceles y sus pinturas y se internó en el campo para trabajar, como llevaba haciendo todos los días. Volvió a la pensión para comer y partió de nuevo para regresar inusualmente tarde, cuando ya todos en casa habíamos cenado. Lo vimos venir a lo lejos, dando tumbos. Parecía borracho. Se tocaba el vientre. Finalmente arribó a casa y como una sombra subió a su habitación. Cojeaba. Se quejaba. Y cómo no iba a quejarse, si tenía un boquete sangrante debajo del pecho. Nada pudo hacerse. Vincent murió dos días más tarde, en esa estrecha cama de hierro junto a aquella silla desvencijada, junto a ese par de zapatos que ya no se pondría jamás. Sus amigos vinieron desde París y llenaron la casa de flores amarillas, sobre todo girasoles y dalias, pues sabían que eran sus predilectas. 
Vincent Van Gogh murió sin saber lo famosas que serían sus obras años más tarde y llevándose consigo el misterio sobre el origen de aquella bala asesina que puso punto final a su atormentada existencia.

martes, 2 de julio de 2013

El suicidio del escritor

Ernest Hemingway, Cuba. Agosto de 1952
Foto: Alfred Einsenstaedt 

2 de julio de 1961

Ya no podía escribir. Las palabras lo habían abandonado. Una profunda depresión lo ahogaba y no se sentía capaz de continuar. 
Había vivido intensamente y lo había contado como nadie. 
Hilvanó letra a letra con gran talento y tremenda maestría. Pero hacía tiempo que se encontraba enfermo. Muy enfermo. Se sentía perseguido, acorralado, asustado. 
Sus amigos caían, uno a uno e inexorablemente, en las garras de la muerte. Una orfandad, amarga y áspera, lo atormentaba. 
El domingo de madrugada, de puntitas para no despertar a  su mujer, se levantó de la cama y se atavió con su albornoz favorito. 
Salió de la habitación. Eligió una escopeta.
Caminó con ella al vestíbulo. Reposó con firmeza la frente en los dos cañones y, decidido, jaló el gatillo. Sin más. Sin decir nada, sin dejar nota, sin despedirse de nadie. 

El estruendo resonó en todo el mundo que desconsolado lo lloró. 

Ernest Hemingway, el premio Nobel de literatura, había acabado con su vida. 


miércoles, 20 de marzo de 2013

Ota Benga

Ota Benga en el zoológico del Bronx, 1906. Autor desconocido.
La tarde del 20 de marzo de 1916, Ota Benga se vistió con esas ropas tan raras que usan los salvajes occidentales. Salió de casa, caminó por las calles de Virginia y robó una pistola.

Benga tenía 33 años, era un hombre de cuerpo pequeñito -no llegaba al metro y medio de altura-, su piel era oscura, brillante y hermosa; curtida en la lejana tierra donde había nacido y donde había vivido la mayor parte de su existencia. Amaba ese bosque tropical y lo añoraba con lo más profundo de sus maltrechas entrañas. Pertenecía a la tribu Batwa, con la que había aprendido a cazar y a recolectar siguiendo el sabio ciclo de la naturaleza, hablaba bantú y le gustaba mucho cantar. Tenía mujer y dos hijos.

Los salvajes del otro lado del mundo llegaron a su amado bosque y mientras él estaba de caza, su familia fue aniquilada y su pueblo arrasado por el fuego. Ota Benga fue comprado como esclavo por un hombre encargado de recolectar "pigmeos" para exhibirlos como el eslabón perdido en la Feria Mundial de St. Louis. Con Vermer, su comprador, viajó por todo Estados Unidos.

Después de aquello fue llevado al zoológico del Bronx para ser exhibido todas las tardes de septiembre de 1906. Benga compartía jaula con Dinah y Dohung, un gorila y un orangután respectivamente. Su único disfrute era poder pasearse de vez en cuando por el zoo con cierta libertad y que, a la hora del espectáculo, le proporcionasen su apreciado arco con todo y flechas. ¡Qué ganas de dispararlas contra aquella salvaje multitud! Riendo como hienas, tan absurdas, tan inhumanas. Esas criaturas tan estúpidas que no conocerían lo maravillosa que es la naturaleza, que no oirían nunca el canto de las mujeres, ni entonarán nunca la Canción del Bosque.

Septiembre acabó y con ello llegó su liberación. Algunas personas decentes alzaron su voz contra la humillación y el racismo que estaba sufriendo Benga. Fue llevado a un orfanato y más tarde, en Virginia,  encontró un trabajo en la fábrica local de tabaco.

Vivía más tranquilo y tenía algunos amigos que lo llamaban "Bingo" de cariño, pero no le era posible volver al bosque del Congo. Y lo deseaba con toda su alma. Nunca se acostumbró a la vida tan extraña de la ciudad. Moría por volver al mundo de su infancia, a su gente, a cantar en el bosque y a hablar bantú.

Por eso aquella tarde se despojó de sus ropas y pensó más que nunca en sus ancestros. Se entregó en cuerpo y alma a la ceremonia llamada "molimo" y encendió un fuego a su alrededor. Bailó una danza tradicional, entonó la Canción del Bosque, apretó los puntiagudos dientes y se pegó un tiro que fue directo a su maltrecho corazón.
Ota Benga(el segundo de izquierda a derecha), junto a sus compañeros en la exposición de Louisiana en 1904. 
Autor desconocido

jueves, 14 de marzo de 2013

Diane Arbus y la belleza monstruosa

Diane Arbus en 1949. Foto: Allan Arbus
Diane Nemerov nació el 14 de marzo de 1923 en Estados Unidos. Su infancia transcurrió bajo el ala protectora de unos padres adinerados. Creció dentro de una burbuja impenetrable, limpia y pulcra, donde no cabía la realidad y  mucho menos la anormalidad, sin embargo tan cotidiana, del exterior.

Diane decidió romper la burbuja, conocer el mundo, pero conocerlo completo, incluyendo los infiernos  donde habitan esos seres alejados de la mano de dios, ocultos e ignorados por la sociedad.

Recorrió las calles de Nueva York y llamaron su atención los borrachos, las prostitutas, los artistas callejeros. Los estudiaba, captaba atenta y asombrada, sus movimientos.

A los 18 años se casó con Allan Arbus, de quien adoptó el apellido, aunque se separaron a finales de los años 50. Juntos se iniciaron en la fotografía, llegando a trabajar para revistas de moda  importantes.

Pero Diane no disfrutaba de ese tipo de trabajos, aburridos, con personas irreales. Ella disfrutaba de la convivencia con esos seres salidos como de una pesadilla o de un cuento de terror. La asombraba la belleza que también aparece en las personas más extravagantes, excéntricas o marginales.

Su trabajo, por tanto, se centró en todos esos personajes que nunca aparecen en las revistas de moda. Se adentró en los bajos fondos de Nueva York y elaboró unos magníficos retratos de enanos, pordioseros, prostitutas, drogadictos, obesos, a quienes veía con una mezcla de sentimientos, en la que cabía el asombro, el temor y también la admiración.

Diane consiguió con sus instantáneas, que todas aquellas personas salieran a la luz, consiguió con sus imágenes mostrar ese otro mundo que la sociedad burguesa siempre ha tratado de esconder.

Desgraciadamente ella misma tenía sus propios monstruos internos que la hacían vivir en un estado de tristeza absoluta. A veces, la euforia ganaba la batalla, pero en 1971 una intensa depresión la orilló a quitarse la vida.
Nos quedan sus maravillosos retratos, que han sido exhibidos en museos de todo el mundo.







domingo, 23 de diciembre de 2012

Chet Baker. 23 de diciembre de 1929

Fotografía promocional de la película Lets get lost de 1988


Un día como hoy en 1929 nació en Oklahoma un gran trompetista y cantante: Chet Baker. Charlie Parker lo eligió para una de sus giras en los años 50 y quedó tan impresionado de su talento que advirtió a Dizzy Gillespie y a Miles Davis, que anduvieran con cuidado con aquél joven trompetista blanco. También en los años 50, debido a una brutal paliza perdió los dientes y la facultad de embocar bien la trompeta. Se recuperó lenta y dolorosamente y en la última etapa de su carrera grabó numerosos y magníficos discos. Su muerte se dio en extrañas circunstancias en 1988 en Amsterdam (se dice que alguien lo arrojó por una ventana). Lo traemos con Almost Blue...

jueves, 22 de noviembre de 2012

Michael Hutchence. 22 de noviembre de 1997




1997. Con un cinturón atado al cuello apareció muerto un hombre en la habitación número 524 del Ritz Carlton Hotel en Sidney. Su nombre: Michael Hutchence.
Lo recordamos con Never tear us apart, una joya.