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sábado, 14 de junio de 2014
domingo, 9 de febrero de 2014
Alejandro Finisterre / In memoriam
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| Foto: Efe |
El 9 de febrero de 2007, murió Alejandro Finisterre (Alexandre Campos Ramírez). Un personaje interesantísimo: es el inventor del futbolín, pero fue muchas otras cosas más: albañil, vendedor de versos en los cafés, aprendiz de imprenta, inventor, trashumante, aventurero, republicano, republicano exiliado, escritor, editor, bailador de claqué, secuestrador de un avión, amigo del Che, albacea de León Felipe, miembro de Real Academia, autor de piezas de ballet.
Alejandro nació en Finisterre en 1919. A los cinco años se trasladó a La Coruña y a los 15 a Madrid a estudiar el bachillerato. Su padre se arruinó y no pudo pagarle el colegio, así que Alejandro trabajó de albañil y por las noches escribió versos que vendió en los cafés. Cuando tenía 17 años, en 1936, una bomba cayó en su casa y quedó sepultado entre los escombros. Fue trasladado al hospital de la Colonia Puig de Montserrat, en Barcelona.
Le gustaba mucho el fútbol, pero no podía practicarlo pues se había quedado cojo. A ese hospital llegaron muchos otros niños refugiados a los que, como a él, la guerra había mutilado o herido y que tampoco podían jugar. Así que se puso manos a la obra y con la ayuda de un carpintero vasco, Javier Altuna, también refugiado, ideó el futbolín. Lo patentó en Barcelona en 1937.
Tras el triunfo del franquismo, tuvo que huir a Francia, cruzando a pie Los Pirineos. En el macuto sólo llevaba la patente, una lata de sardinas y dos obras de teatro, Helena y Del amor y de la muerte. Llovió a cántaros durante 10 días y todos los papeles se convirtieron en argamasa. A pesar de semejante trauma, volvió a escribir, lo hizo siempre.
Firmó alguna cosa como Simplicio Revulgo y toda la vida escribió versos.
Tiempo después peleó por aquella patente y consiguió dinero para irse a Ecuador, ahí fundó la revista Ecuador 0º 0 0, en cuya presentación conoció al entonces embajador de Guatemala, quien lo convenció de fabricar los futbolines en su país. Y por azares del destino, estando en esas tierras le marcó, con su invento, unos cuantos goles al Che.
En Guatemala hubo un golpe de estado y al ser amigo del embajador de la República española, lo secuestraron y lo subieron a un avión con destino a Madrid. En pleno vuelo, entró al baño, envolvió una pastilla de jabón en papel de aluminio y simuló que tenía una bomba y que la haría estallar si no volvían. Se ganó el apoyo de los demás pasajeros tras comunicar que era un refugiado español. El piloto accedió y el avión fue desviado a Panamá. Así fue como se convirtió en uno de los primeros secuestradores aéreos de la historia.
Más tarde en México se dedicó a editar. Fue amigo del poeta zamorano León Felipe, también exiliado. Y se dedicó a recopilar documentos suyos, en viajes y subastas. Salvó también documentos de otro poeta, el vasco Juan Larrea, que falleció en Argentina en 1980. Creó la editorial Finisterre en México, donde editó, con mimo de artesano, a León Felipe, Max Aub o Emilio Prados.
En su juventud fue bailarín de claqué en la compañía de Celia Gámez. Estando en Francia colaboró con el ballet del marqués de Cuevas y fue autor de varias piezas de ballet inspiradas en el folclor gallego.
Además del futbolín, tiene en su haber casi 50 inventos más, entre ellos, un pasahojas para pianistas (dice que lo inventó por amor a una muchacha que tocaba el piano) y el basket de mesa.
Volvió a España en los años 70, vivió en Burgos donde continuó escribiendo siendo miembro de la Real Academia Gallega. Después se trasladó a Zamora donde gestionó la herencia del poeta León Felipe.
En 2004, en Oporto, lo homenajearon con una estatuilla y un concierto para bombos y futbolín.
Alejandro Finisterre murió en Zamora a los 88 años. Sus cenizas deambulan por el Río Durero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico por el lado de Finisterre, su tierra querida. Una tierra de la que adoptó el nombre y desde donde brilla su sonrisa cada vez que un niño herido grita gol.
“Cuando vaya a dar a luz, echadme a la mar: quiero dar a luz estrellas de mar. Soy de Finisterre, soy marino, echadme a la mar en submarino de pino de Finisterre (sin pintar), ¡echadme a la mar!”.
Alejandro Finisterre / In memoriam
Alejandro nació en Finisterre en 1919. A los cinco años se trasladó a La Coruña y a los 15 a Madrid a estudiar el bachillerato. Su padre se arruinó y no pudo pagarle el colegio, así que Alejandro trabajó de albañil y por las noches escribió versos que vendió en los cafés. Cuando tenía 17 años, en 1936, una bomba cayó en su casa y quedó sepultado entre los escombros. Fue trasladado al hospital de la Colonia Puig de Montserrat, en Barcelona.
Le gustaba mucho el fútbol, pero no podía practicarlo pues se había quedado cojo. A ese hospital llegaron muchos otros niños refugiados a los que, como a él, la guerra había mutilado o herido y que tampoco podían jugar. Así que se puso manos a la obra y con la ayuda de un carpintero vasco, Javier Altuna, también refugiado, ideó el futbolín. Lo patentó en Barcelona en 1937.
Tras el triunfo del franquismo, tuvo que huir a Francia, cruzando a pie Los Pirineos. En el macuto sólo llevaba la patente, una lata de sardinas y dos obras de teatro, Helena y Del amor y de la muerte. Llovió a cántaros durante 10 días y todos los papeles se convirtieron en argamasa. A pesar de semejante trauma, volvió a escribir, lo hizo siempre.
Firmó alguna cosa como Simplicio Revulgo y toda la vida escribió versos.
Tiempo después peleó por aquella patente y consiguió dinero para irse a Ecuador, ahí fundó la revista Ecuador 0º 0 0, en cuya presentación conoció al entonces embajador de Guatemala, quien lo convenció de fabricar los futbolines en su país. Y por azares del destino, estando en esas tierras le marcó, con su invento, unos cuantos goles al Che.
En Guatemala hubo un golpe de estado y al ser amigo del embajador de la República española, lo secuestraron y lo subieron a un avión con destino a Madrid. En pleno vuelo, entró al baño, envolvió una pastilla de jabón en papel de aluminio y simuló que tenía una bomba y que la haría estallar si no volvían. Se ganó el apoyo de los demás pasajeros tras comunicar que era un refugiado español. El piloto accedió y el avión fue desviado a Panamá. Así fue como se convirtió en uno de los primeros secuestradores aéreos de la historia.
Más tarde en México se dedicó a editar. Fue amigo del poeta zamorano León Felipe, también exiliado. Y se dedicó a recopilar documentos suyos, en viajes y subastas. Salvó también documentos de otro poeta, el vasco Juan Larrea, que falleció en Argentina en 1980. Creó la editorial Finisterre en México, donde editó, con mimo de artesano, a León Felipe, Max Aub o Emilio Prados.
En su juventud fue bailarín de claqué en la compañía de Celia Gámez. Estando en Francia colaboró con el ballet del marqués de Cuevas y fue autor de varias piezas de ballet inspiradas en el folclor gallego.
Además del futbolín, tiene en su haber casi 50 inventos más, entre ellos, un pasahojas para pianistas (dice que lo inventó por amor a una muchacha que tocaba el piano) y el basket de mesa.
Volvió a España en los años 70, vivió en Burgos donde continuó escribiendo siendo miembro de la Real Academia Gallega. Después se trasladó a Zamora donde gestionó la herencia del poeta León Felipe.
En 2004, en Oporto, lo homenajearon con una estatuilla y un concierto para bombos y futbolín.
Alejandro Finisterre murió en Zamora a los 88 años. Sus cenizas deambulan por el Río Durero a su paso por la ciudad de Zamora y en el Atlántico por el lado de Finisterre, su tierra querida. Una tierra de la que adoptó el nombre y desde donde brilla su sonrisa cada vez que un niño herido grita gol.
“Cuando vaya a dar a luz, echadme a la mar: quiero dar a luz estrellas de mar. Soy de Finisterre, soy marino, echadme a la mar en submarino de pino de Finisterre (sin pintar), ¡echadme a la mar!”.
Alejandro Finisterre / In memoriam
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martes, 9 de octubre de 2012
John Lennon y el Che Guevara, 9 de octubre
Así estarán estos dos, cantando en un rincón del cielo....
Que no miren hacia abajo que este mundo está peor que como nos lo dejaron.
De la foto dicen que fue tomada en Chicago en agosto de 1966.
En ese año efectivamente John estaba en Chicago, pero Ernesto estaba de manera secreta en Cuba. Un encuentro ciertamente imposible, pero perfectamente posible ahora y en el más allá.
Esta foto es un fotomontaje en el que han sustituido a Tex Gabriel (el guitarrista de “Elephant Memory”) y han puesto al Che en su lugar.
Sin embargo, es una bonita imagen para recordar en este mes de octubre: el aniversario del nacimiento de Lennon (9 de octubre de 1940) y la muerte del Che (9 de octubre de 1967).
lunes, 8 de octubre de 2012
Ernesto Che Guevara, 8 de octubre de 1967
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| Foto: Joseph Scherschel, 1959 |
"...Quiero decirte esto: no sé escribir cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el escritor profesional listo a producir lo que se espera de él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente. La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo; si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía, y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba para ti. Aquí en París encontré un cable de Lisandro Otero pidiéndome ciento cincuenta palabras para Cuba. Así, ciento cincuenta palabras, como si uno pudiera sacarse las palabras del bolsillo como monedas. No creo que pueda escribirlas, estoy vacío y seco, y caería en la retórica. Y eso no, sobre todo eso no. Lisandro me perdonará mi silencio, o lo entenderá mal, no me importa; en todo caso tu sabrás lo que siento. Mira, allá en Argel, rodeado de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía con la rutina de siempre, me encerré una y otra vez en el baño para llorar; había que estar en un baño, comprendes, para estar solo, para poder desahogarse sin violar las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización internacional. Y todo esto que te cuento también me avergüenza porque hablo de mí, la eterna primera persona del singular, y en cambio me siento incapaz de decir nada de él. Me callo entonces. Recibiste, espero, el cable que te envié antes de tu mensaje. Era mi única manera de abrazarte, a ti y a Adelaida, a todos los amigos de la Casa. Y para ti también es esto, lo único que fui capaz de hacer en esas primeras horas, esto que nació como un poema y que quiero que tengas y que guardes para que estemos más juntos..."
Yo tuve un hermano
que iba por los montes
mientras yo dormía.
Lo quise a mi modo,
le tomé su voz
libre como el agua,
caminé de a ratos
cerca de su sombra.
No nos vimos nunca
pero no importaba,
mi hermano despierto
mientras yo dormía,
mi hermano mostrándome
detrás de la noche
su estrella elegida.
Cartas de Julio Cortázar a Roberto Fernández Retamar
París, 29 de octubre de 1967
En memoria de Ernesto Guevara.
Asesinado el 8 de octubre de 1967 en Bolivia.
¡Viva el Che!
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