domingo, 1 de septiembre de 2013

El Rey del bolero ranchero

Juana Levario, un día como hoy (1 de septiembre), en 1931 trajo al mundo al pequeño ruiseñor Gabriel Siria Levario. Sucedió en Tacubaya, en el Distrito Federal. Poco tiempo después su marido la abandonó y tuvo que dejar al crío con su hermano y su cuñada, quienes figurarían para siempre en el corazón y con toda su alma de niño y de adulto, como sus verdaderos padres. El pequeño estudió solo hasta el 5º año de primaria, donde empezó a echar sus primeros y hermosos gorgoritos. La pobreza lo obligó a dejar la escuela para ayudar con los gastos familiares. Así pues, se dedicó a recolectar vidrio y dicen muchas de las biografías que también huesos (no me explico para qué, ni los esqueletos de su procedencia). También trasladaba mercancías en el mercado. Su madre adoptiva murió en 1939 dejándolo consternado. El muchacho siguió trabajando, fue panadero, carnicero, cargador de canastas en el mercado y lavador de coches. Lo de cantar era lo suyo, así que consiguió echarse unos tangos en una carpa. El payaso y administrador del teatro, Manuel Garay, le ofreció su primera oportunidad. Así fue como ganó en más de una ocasión el concurso de aficionados. El premio: un flamante par de zapatos donados por la zapatería local. Fue por ese entonces en que, además de estrenar zapatos, estrenó el nombre artístico de Javier Luquín. Siguió trabajando en carnicerías, me imagino que lo hacía cantando, porque uno de los dueños observando (más bien escuchando) su talento, le pagó unas clases con un maestro particular. El joven Luquín siguió siendo carnicero de día pero intérprete de rancheras por las noches, con grupos de mariachi en  Garibaldi y en la calle Honduras de la ciudad de México. Ahí acariciaba amores y almas con el aterciopelado sonido arrullador de su garganta. De ahí pasó a cantar en restaurantes y consiguió hacer una gira por Puebla. Al volver, fue contratado para cantar y animar en un cabaret. Para el año 1955 cambió su nombre artístico por el de Javier Solís y a finales de ese mismo año grabó su primer sencillo. La salida de su primer álbum, en 1956, se retrasó debido a un doloroso accidente en el que el ídolo de Guamúchil (Pedro Infante) perdió la vida. Javier, en el sepelio, se subió a una cripta del cementerio para dedicarle un sentido homenaje, cantando Grito Prisionero, erizando los pelos e incrementando los lloros de la numerosa concurrencia, pues su voz cautivaba a todo el que lo escuchase. 
Esa melodiosa voz fue la causante de muchos idilios concretados, de sentimientos despertados, de eternos amores, de borracheras de desamor, de corazones enamorados y, a veces, también heridos. 
Javier murió en 1966, a la tierna edad de 35 años, pero dejó una inolvidable huella en la música popular. Su voz sigue sonando y arrullando a los corazones enamorados o, casi seguro, a punto de estarlo. 
Javier Solís, el indiscutible Rey del bolero ranchero. 

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